“No puedo cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar las velas para llegar a mi destino.” James Dean

Ayer reflexionaba sobre esta frase, hacía frío, estaba nublado y no me apetecía salir de casa a una reunión. De repente me encontré buscando excusas para no ir y al darme cuenta me dije. ¿Qué puedo hacer al respecto? La respuesta obvia e inmediata fue: “abrigarme”, al cambiar mi diálogo interno, ya había cambiado el no, por el sí y ya había ajustado las velas para llegar a mi destino, sin necesidad de que cambiara el viento.

El cambio de viento es lo que todos esperamos, que cambie el tiempo, que cambie él, ella, o las circunstancias, cuando me toque la lotería haré o dejaré de hacer…, sin darnos cuenta de que no podemos controlar las circunstancias, pero sí nuestra relación con ellas.

Esta mañana, con un amigo, a punto de entrar a quirófano, y su mujer, volvió a salir el tema, y es en esos momentos cuando te das cuenta de las cosas importantes de la vida de verdad, cuando dejas de quejarte por el mal tiempo, o porque tu hijo no recoge y te planteas el sentido de la vida, ese rato de calidad con un ser querido, esas palabra amables a un desconocido, esa puesta de sol…

Es cuando nos damos cuenta de que tenemos que ajustar las velas a las nuevas circunstancias que nos depara la vida, y no pensamos ya en que cambie el viento o me toque la lotería, sino en, qué puedo hacer yo para superar esa circunstancia adversa, qué puedo hacer para aliviar el dolor de ese ser querido.

Esto es muy fácil de decir, porque cuando estás inmerso en el día a día, cuando vas con el piloto automático, te dejas arrastrar por las circunstancias y no se te ocurre que puedas hacer algo con tus circunstancias, ni siquiera se te ocurre que puedes cazar las velas para cambiar el rumbo, lo único que queremos es volver al puerto cuanto antes, a la zona de confort, lejos del temporal, como cuando de niños y decíamos “casa” antes de que nos pillaran en un juego.

Es en estos momentos de temporal cuando más nos necesitamos, cuando podemos ir a la “casa” de la niñez, a esa zona de seguridad, dónde nos reponíamos del palpitante corazón, sólo que ahora podemos volver a nuestro ser más auténtico, mirando hacia dentro, parando, reflexionando, para poder continuar con energías renovadas y con un sentido de dirección más auténtico.

Muchas veces lo que descubrimos es que no podemos cambiar nada, sino aceptar lo que nos ha venido, y esto es lo más difícil de conseguir. Ponernos un plan de acción para conseguir algo es relativamente fácil, pero, ¿Cómo podemos ponernos un plan de acción para la aceptación?

Aunque no es tan sencillo, no es misión imposible. Te propongo 3 pasos que te pueden acercar a la aceptación.

En primer lugar podemos apreciar muchas cosas buenas que tenemos en la vida y que damos por sentado, como un techo donde cobijarnos, una persona a la que acudir en momentos difíciles, una situación que te ha hecho crecer.

El siguiente paso es no te resistas, no te des de cabezazos contra la pared. Gandhi consiguió mucho más con su política de no violencia, que una bomba nuclear. La no violencia es la fuerza que cambiará el mundo y aunque sigue habiendo violencia, hoy me he alegrado mucho de ver una noticia sobre una nueva forma de protestar en Turquía, sin gritar, ni pelear, simplemente manifestarse en un sitio público en completo silencio.

Por último la aceptación, que no tienen que ver con la resignación cristiana, sino con mirar la situación con otros ojos, con humildad, es abandonar la lucha hacia algo que no tiene solución y buscar caminos alternativos. Cómo aceptar que no puedo cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar las velas para llegar a mi destino.

Hace algunos años, convertí esta pequeña oración en mi mantra:

“Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo y la sabiduría para conocer la diferencia.”

De vez en cuando sigo recurriendo a ella, prueba a traerla a tu mente cuando te encuentres ante una situación difícil, notarás la diferencia.